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la transfusión sanguínea en tiempos de guerra
El desarrollo de las técnicas de transfusión de sangre se
origina en un largo período de experimentaciones que abarca
la totalidad del siglo XIX. Durante esta centuria, fueron
probados dos experimentos de transfusión sanguínea, directa
e indirecta, que contaron con partidarios y detractores, sin
que ninguno se impusiera debido a las dificultades técnicas
(problemas de conservación, coagulación, infección) y del
alto índice de accidentes que presentaban. La experimentación,
no obstante, continuó su camino: los médicos, mediante la
práctica de transfusiones autólogas, heterólogas y homólogas;
los constructores de instrumentos, perfeccionando cada uno
de los procedimientos mencionados. Mientras la transfusión
indirecta se fundamentó en la teoría de la agitación o desfibrinación
de la sangre, previa a la inyección, como método homogeneizador
del tamaño de los glóbulos rojos, la transfusión directa,
homóloga, resumía las ventajas con respecto a los riesgos
y la pérdida de propiedades que comportaba la sangre conservada.
Ambas técnicas continuaron vigentes en el contexto del desarrollo
de las bases experimentales de la práctica clínica de la transfusión
y de la urgencia planteada por las necesidades creadas por
los conflictos bélicos europeos de principios del siglo XX.
Los instrumentos que mostramos dan cuenta de la persistencia
de ambas técnicas en el contexto español de 1930. En efecto,
si bien la definición de los "grupos sanguíneos" (1901) favoreció
la transfusión directa al facilitar la determinación previa
de compatibilidades, el descubrimiento de un elemento clave
en la transfusión indirecta, el hallazgo de un anticoagulante
estable, poco tóxico y con propiedades preservativas, el citrato
sódico, abrió la puerta a nuevos ingenios y a la posibilidad
de crear bancos de sangre. Por un lado, la jeringa diseñada
por el médico francés Louis Jubé (1927) constituyó uno de
los múltiples métodos del período de transfusión directa de
sangre pura o fresca, no citratada, de brazo a brazo. Por
otro, la solución técnica probada por el médico catalán, Frederic
Duran Jordà (1937) basada en una ampolla de vidrio autoinyectable,
que adaptó para almacenar el plasma, previa comprobación del
grupo sanguíneo, filtrado, citratado, y envasado al vacío
en condiciones asépticas. Las posibilidades de éxito del método
de Durán se evidencian en el número de donaciones efectuadas
y en la cantidad de plasma conservado, transportado mediante
camiones refrigerados, y administrado en el frente y en la
retaguardia. También en la creación en el frente del Servicio
de Transfusión de Barcelona, que permitió consolidar un banco
de sangre que sirvió de modelo en Inglaterra en 1940 y donde
Norman Bethune desarrolló las técnicas que poco después practicó
en Madrid y después en China, mostrando de esta manera la
utilidad de almacenar grandes dosis de plasma como recurso
terapéutico. Es decir, unos elementos fundamentales para la
terapia de transfusión desarrollada en los años 1950-1960,
basada en la sustitución de las botellas por bolsas de plástico
y en el uso específico de los diferentes componentes sanguíneos.
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