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aparato para neumotórax de Forlanini
El mismo año en que Robert Koch (1882) identificó el bacilo
causante y estableció la naturaleza infecto-contagiosa de
la tuberculosis, Carlo Forlanini definió las bases teóricas
del neumotórax artificial, comprendido como una parte de la
terapéutica quirúrgica contra la forma pulmonar de la enfermedad.
Entre el conjunto de medidas de lucha contra la enfermedad
que diezmaba a la población europea, el principal tratamiento
de la tuberculosis pulmonar fue, hasta mediados del siglo
XX, el neumotórax artificial, uno de los métodos que integraron
la colapsoterapia.
La propuesta teórica de Forlanini se inscribió en una larga
tradición histórica: el Corpus Hippocraticum ya consideraba
la introducción artificial del neumotórax en el drenaje del
espacio pleural. La experimentación del neumotórax con animales
y la observación de la mejora de las lesiones tuberculosas
en el pulmón humano cuando aparece el neumotórax espontáneo,
descritos en el primer tercio del siglo XIX, dieron paso a
un conjunto de intervenciones experimentales que poco a poco
proporcionaron las bases de la toracentesis, la toracotomía
y la toracoplastia. Las operaciones y experimentos clínicos
llevados a cabo a finales del siglo XIX vinieron a confirmar
y perfeccionar la técnica descrita por el médico italiano,
reconocida oficialmente en 1912. En Cataluña, las primeras
operaciones se practicaron en 1911 por Ribes de Sanz, Jacint
Reventós y Lluis Sayé, y dieron paso a una interesante literatura
médica de descripción y transmisión de la práctica en los
años siguientes. Fue en estos años cuando se difunde el aparato
de neumotórax que presentamos y entra a formar parte del instrumental
terapéutico ante ciertas manifestaciones de la tuberculosis
pulmonar.
El aparato, de diseño portátil, consistía en un sistema de
vasos comunicantes de vidrio conectado a una llave de tres
pasos. Una pera de Richardson empujaba a la vez, a través
de tubos de goma, el agua y el aire del gas -nitrógeno- hacia
la cavidad pleural, atravesada por una aguja esterilizada
de Saugmann provista de un mandril, y comunicaba los recipientes
de vidrio con un manómetro de agua, que permitía controlar
la presión pleural y la cantidad de aire insuflado a la cavidad.
La aplicación del neumotórax terapéutico se llevaba a cabo
una vez cada 10-15 días durante 3-4 años, renovando así la
inyección de aire a la cavidad pleural con la idea de conseguir
la cicatrización de las heridas. El control de la técnica
se perfeccionó gracias a los rayos X y la creación de gabinetes
radiológicos, permitiendo un seguimiento preciso de la práctica
mediante la visión del pulmón lesionado. Esto comportó la
formación de tisiólogos especializados en el neumotórax desde
los años 1920, con una clientela forzosamente estable y segura.
La combinación con antibióticos a mediados del siglo XX prolongó
unos pocos años esta técnica hasta su abandono progresivo
en los años 1960.
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