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El electrocardiógrafo de cuerda de Einthoven
Uno de los objetos más singulares que posee el Museo es el
electrocardiógrafo basado en el galvanómetro de cuerda de
Einthoven. De hecho, el Museo no tiene uno, sino dos ejemplares
de este interesante instrumento médico. Ambos fabricados por
el mismo constructor, Établissements G. Boulitte, de París,
entre los años 1910 y primeros años 1930, y empleados en los
laboratorios de fisiología experimental y poco después en
las salas de patología de los hospitales.
La incorporación del electrocardiógrafo a la práctica clínica
cotidiana de los años 1930 fue determinante para convertir
la cardiología en una especialidad médica con entidad propia.
El camino recorrido hasta ese momento constituye uno de los
capítulos más interesantes de la historia de la ciencia contemporánea,
que comienza en buena medida a partir de la controversia suscitada
en torno a la estimulación eléctrica de los músculos por parte
de Galvani y Volta en el tránsito al siglo XIX. El desarrollo
entonces de una nueva ciencia médica, de raíz mecanicista,
donde la fisiología era entendida como la física y la química
del organismo animal permitió la sucesión de una serie de
experimentos y demostraciones que consolidan la denominada
"medicina de laboratorio". Así, la necesidad de medir la intensidad
y las variaciones del potencial eléctrico originadas en los
músculos se traduce en el desarrollo de instrumentos capaces
de trazar el registro gráfico de las funciones fisiológicas.
La construcción y los experimentos practicados con el galvanómetro,
el reotomo, el quimógrafo y el esfigmógrafo establecen las
bases de la exploración clínica de los trastornos circulatorios.
La semiología fisiopatológica circulatoria experimentó un
auge definitivo en el último tercio del siglo XIX, en parte
gracias a la obtención de los primeros registros gráficos
generados por las corrientes de acción del músculo cardíaco
mediante el electrómetro capilar de mercurio. El fisiólogo
danés Willem Einthoven fue capaz de resolver el problema de
estabilidad y de los errores matemáticos de los registros
gráficos, causados por la inercia del electrómetro, mediante
el desarrollo del galvanómetro de cuerda (1903).
Este instrumento registrador permitía, mediante un hilo de
cuarzo electro-imantado capaz de desviarse al ser atravesado
por una corriente, la obtención de curvas electrocardiográficas
uniformes. Las teorías físicas y químicas fueron entonces
combinadas con los conocimientos existentes en óptica y fotografía.
De esta manera, fue posible transformar y proyectar el movimiento
del hilo de cuarzo, mediante un arco voltaico, para finalmente
registrar la acción en una película fotográfica móvil. El
aparato inicial fue modificado y hecho accesible por parte
de constructores franceses e ingleses a principios del siglo
XX.
El nuevo electrocardiógrafo permitía un mejor estudio de las
arritmias que el procurado por el polígrafo, así como una
observación mas precisa de las hipertrofias ventriculares.
La medicina abría entonces una nueva puerta, la de la electrocardiografía,
cuyo fundamento técnico apenas ha variado, destinada a esclarecer
algunos de los misterios de la patología cardiaca.
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